Estas dos frases
llamaron la atención tanto a John que decidió visitarme, junto con Yoko. Ella
fue la que me comentó que se sentían los Robert y Elizabeth Browning del rock.
Robert y yo nos habíamos inspirados mutuamente. Y John decidió que de mis
poemas a Robert podría componer las más bonita canción de amor para Yoko.
Vinieron a verme a
Florencia, lo cual me sorprendió mucho, pero…. así es la vida, la vida está hecha
de pequeños momentos que te van sorprendiendo. Querían que les contase mi
historia. Supongo que ya la conocían pero me apetecía contarles mi historia de
amor, cosas de viejas.
Así que me senté en mi Piazzale
Donatello en Florencia y, mirando hacia el Arno, empecé a recordar cómo conocí
a Robert. Esa ensoñación me llevó al principio y decidí contarles la historia
al completo, para que así lo entendieran todo.
El abuelo Edward Barret
tenía plantaciones en Jamaica, en la Colina de la Canela, Cinnamon Hill. Vivían
muy acomodadamente allí pero el abuelo decidió educar a los nietos en
Inglaterra. Así que papá, Edward, el mayor de los nietos, se educó en Harrow y
Trinity College en Cambridge. Cuando estudiaba en Cambridge conoció a mamá,
Mary. Ella era la hija mayor de un comerciante muy rico de Newcastle, amigo de
la familia. Tuvieron que luchar con la oposición de la sociedad del momento y
el círculo de amigos de las familias ya que mamá era mucho más mayor que papá
(siete años había de diferencia entre ambos). Pero papá estaba acostumbrado a
salirse con la suya. En su disculpa diré que estaba acostumbrado a manejar
dinero desde muy joven y era natural en él ejercitar su poder. Yo creo que papá
pensaba que era su obligación mandar, algo así como un mandato divino. Mamá era
muy femenina, creo que demasiado incluso, y no suavizó el carácter estricto de
papá. Tampoco creo que tuviese mucho tiempo para dedicarse al carácter de papá
teniendo doce hijos en diecinueve años. Cuando se casaron, se fueron a una
propiedad que tenía mi abuelo, por parte de madre, en el condado de Durhan. Y
nací yo.
Nací el 6 de marzo de
1806. Fui la primogénita, el juguete de la familia, y todos alababan mi
carácter gracioso y divertido. Creo que el que más me quería era mi tío Samuel
Barret, pero falleció pronto. Eso sí, me dejó en herencia unas inversiones que
luego serían mi garantía de independencia, pero eso ocurrió después, cuando
tuve que huir de casa.
Cuando tenía cuatro
años nos trasladamos a los alrededores de Lendbury, al oeste de Inglaterra. Y
allí viviríamos durante unos veinte años. Allí nacieron mis hermanos y yo
empecé a dedicarme a la lectura y a mi producción de poemas y pequeñas obras de
teatro que luego representábamos todos mis hermanos. En la casa de Lendbury
conocí a Pope, Byron y Coleridge, a los autores griegos y los leía como si
fuese una estudiante de Oxford en la Biblioteca Bodleiana. Aquella casa era mi paraíso
particular, con sus jardines y bosques, que me sorprendían con los cambios de
estación. Aún recuerdo cuando se produjo una gran tormenta y vi como un rayo
desgajaba un árbol frente a mi ventana y le despojaba de la corteza, que salió
volando lanzada por el aire. El árbol quedó desnudo, mostrando un tronco
pelado, sonrosado, sobre el que la cicatriz del rayo destacaba de forma casi
sobrenatural, como un indicio de una muerte segura.
Me gustaba mucho la
poesía y disfrutaba con ella. Recuerdo haber escrito con ocho años el poema
“Aníbal atravesando los Alpes” que decía
“Down the steep hills fell Elephants and Men,
Into vast Gulphs or solitary den
Where horrifid fiends were gathering far and near….”
(“De escarpadas laderas
soldados y elefantes / cayeron a las aguas o a solitarias cuevas / donde por
todas partes surgían horribles enemigos…”)
Recuerdo encargarle a
mamá que me hiciera copias de los poemas para venderlos después entre amigos y
familiares. Llevaba la contabilidad de mis “ventas” y más de una vez le tuve que recordar a mamá
que me debía algunos chelines. De mi poema épico “La batalla de Maratón” papá encargó
cincuenta ejemplares. Ya tenía clara mi ambición literaria. La literatura era
para mí la estrella que iluminaría mi vida, mi sello, mi impronta y estaba
decidida a alcanzar la fama literaria.
Pero cuando más feliz
era, ya con catorce años, una mañana, decidí ensillar mi caballo y me caí hacia
atrás con la silla encima. Y me hice daño. Empezaron los dolores de cabeza, que
podían durar hasta siete semanas, luego el dolor iba viajando por mi cuerpo
hasta alojarse en mi lado derecho. Era insoportable y los ataques de dolor
podían durar de quince minutos a una hora entera. Con esta caída y sus
horribles consecuencias se acabaron mis juegos por el bosque y mis salidas a
caballo. Llegué incluso a tomar opio para mitigar el dolor y me refugié en la
literatura.
Seguí estudiando
griego, latín, hebreo, italiano, español y alemán. Me distraía traduciendo e
incluso intenté hacer poemas en italiano. Me atraía la libertad de Italia, las
luchas por la libertad en España y me preocupaba por la esclavizada Grecia. Celebré
mis diecinueve años publicando en la prensa, cosa algo inusual para la época. Y
así empecé a colaborar con revistas literarias.
Pero, cuando tenía
veintiún años, mamá falleció y volví a recaer en mi enfermedad. Además papá
empezó a tener problemas con las plantaciones de Jamaica: tuvimos muchas
pérdidas y con la abolición del tráfico de esclavos la situación se hizo
insostenible hasta la rebelión de febrero de 1832, cuando muchas plantaciones
quedaron destruidas por el fuego. Aunque las nuestras no fueron quemadas sí
empezamos a tener problemas para mantenerlas.
Papá decidió desprenderse de mi
paraíso en Herefordshire, vendió la casa de Hope End, y nos fuimos a
Devonshire. Allí, en Sidmouth, traduje el Prometeo
encadenado de Esquilo y publiqué más poemas.
Pero a finales del verano de
1835 papá decidió que nos fuésemos a Londres, a la zona de Gloucester Square.
¡Qué mal lo pasé con este último cambio! Toda la ciudad parecía estar envuelta
en frío, niebla y oscuridad. Tampoco me sentía mucho mejor en Londres y me
refugiaba en mi reposo. Ya todos me consideraban una inválida. Hui de la
realidad y me instalé en mi literatura. Así que, a finales de mayo de 1838,
publiqué The Seraphim and Other Poems
en un momento bastante oportuno para el panorama literario de entonces.
Shelley, Keats, Byron y Coleridge habían desaparecido, ¡qué grandes poetas
románticos! ¡Ya tenía yo un nombre en el mundo literario de Londres! Mi sueño
de tener fama literaria se estaba haciendo realidad.
Pero entonces papá
decidió que nos mudásemos a Wimpole Street, a la casa más lúgubre que creo
podría haber encontrado. Mi salud volvió a empeorar, tanto que creyeron que
padecía tuberculosis. Los médicos querían que me fuese al sur de Europa; papá,
por supuesto, se negó tajantemente. Mis hermanos mediaron y al final me
enviaron a Devon, en el suroeste de Inglaterra, donde pasé los tres años más
tristes de toda mi existencia. En esos años murieron personas muy allegadas a
mí: primero, mi tío Samuel, al que
quería profundamente, y cuya muerte me dolió en extremo. Después también
falleció mi médico de Torquay y, posteriormente, se iría mi hermano Sam. Y si
todo esto no fuese suficiente, mi hermano favorito, Edward, que estaba conmigo
en Devon, en contra de la opinión de papá que quería que trabajase con él en
Londres, también desapareció un día que había salido a navegar. Edward estaba
conmigo porque yo había exigido que así fuese. No podía evitar sentirme
responsable de su muerte, aunque nadie me culpó de ella.
Me hubiera vuelto loca
si no me hubiese refugiado en mi carrera literaria. Así que regresé a la triste
Londres y me encerré en mi habitación, mi jaula dorada, a la que sólo podían
acceder familiares y muy pocos amigos. Seguí trabajando en la lengua griega escribiendo
artículos sobre los primitivos Padres Griegos de la Iglesia, sobre autores
ingleses y publicando poemas.
Y así fue como Robert entró en mi vida.
Le gustó mucho mi
poemario Poems, que se publicó en
agosto de 1844. Yo sabía de él por su producción literaria y le mencioné en el
poema “La corte de Lady Geraldine”. Esto debió gustarle mucho porque en enero
del año siguiente recibí una carta suya que me trastornó. Llegaba a decirme
amaba mi poesía y a mí. No podía creer que alguien de su valía me dedicara esas
palabras.
My letters! all dead paper, mute and white!
And yet they seem alive and quivering
Against my tremolous hands which loose the string
And let them drop down on my knee tonight.
This said, -he wished to have me in his sight
Once, as a friend: this fixed a day in spring
To come and touch my hand… a simple thing.
Yet I wept for it! – this, … the paper’s light…
Said, Dear, i love thee; and I sank and quailed
As if God’s future thundered on my past.
This said, I am thine –and so its ink has paled.
Whith lying at my heart that beat too fast.
And this… O love, thy words have ill availed
If, what this said, I dared repeat at last!
(¡Mis
cartas! ¿Papel muerto, tan silencioso y blanco! / Parecen, sin embargo, vivas y
temblorosas / entre mis manos trémulas que desatan la cinta / y las dejan caer
sobre mi falda esta noche. / En ésta me decía que deseaba verme / una vez, como
amiga; ésta acordaba fecha / para tocar mi mano en primavera. ¡Simple deseo /
que provocó mis lágrimas! Este papel ligero decía: / Querida yo te amo; me
estremecí humillada / cual si oyera el futuro de Dios tronando en mi pasado. /
Soy tuyo, dice otra, con tinta ya borrosa / tras pasar tanto tiempo estrechada
a mi pecho. / Ésta dice…. ¡Amor mío, profanaría tu carta / si osara repetir lo
que dijiste en ésta!)
Empezamos a
escribirnos, casi diariamente. Yoko y John me comentaron que nuestra
correspondencia fue publicada diez años después de la pérdida de Robert, y que
luego se reflejó en una película que, según ellos, no nos hacía mucha justicia
(The Barrets of Wimpole Street), pero
que narraba nuestra fantástica historia.
Y así empezó nuestra
historia de amor. Robert insistía en conocernos personalmente. Yo esquivaba sus
peticiones pidiendo más tiempo. Tenía miedo de defraudarle cuando me conociese
personalmente. Y ese miedo se reflejó en mis sonetos.
What can I give thee back, O liberal,
And princely giver, who hast brought the gold
And purple of thine heart, unstained, untold,
And laid them on the outside of the wall.
For such as I to take or leave withal,
In unexpected largesse? am I cold,
Ungrateful, that for these most manifold
High gifts, I render nothing back at all?
Not so; not cold, -buy very por instead. (…)
(¿Qué podré yo
ofrecerte a cambio, generoso, / principesco dador, que has traído la púrpura /
y el oro de tu limpio inmenso corazón / y lo has extendido a lo largo del muro/
para que yo esta dádiva inesperada pueda/hacer mía si quiero? ¿No soy
agradecida, / soy fría, acaso, puesto que por estos espléndidos / y magníficos
dones no te devuelvo nada?)
Cuando ya no me
quedaban argumentos para dilatar el encuentro, nos conocimos. Era el 20 de mayo
de 1845. Lo que pasó en aquella primera cita siempre quedará grabado en mi
memoria, pero nunca lo haré público. Pero sólo diré que Robert fue autorizado a
visitarme tres veces en semana y a escribirme. Y así seguimos meses y meses.
Papá nunca se dio
cuenta del amor que surgía entre nosotros. Si se hubiese dado cuenta hubiera
cortado el contacto inmediatamente porque él se habría opuesto en el acto. De
todas formas yo sabía que contaba con la herencia de mi tío Samuel y de mi
abuela materna. Planeamos casarnos en secreto y fugarnos juntos. Huir de la
oscuridad de la casa de papá. De esta época son los sonetos que luego publicaría
como Sonnets from the Portugese (Los sonetos de la dama portuguesa).
Indeed this very love which is my boast,
And which, when rising up from best to brow,
Doth crown me with a ruby large enow
To draw men’s eyes and prove the inner cost.
(Ciertamente,
este amor, este amor que es mi orgullo / me corona, al subir desde el pecho a
la frente, / con un rubí brillante de espléndido tamaño / que trae las miradas
mostrando valor hondo).
Yo guardé el manuscrito
en secreto durante años. John y Yoko se sorprendieron al saber que mantuve en
secreto mi poemario. Mis poemas eran muy íntimos para mí y se los oculté a
Robert puesto que imaginaba el escándalo que le supondría su publicación. Era demasiado
íntimo y personal, ya que reflejaba la evolución de nuestro amor y por eso nunca
quise publicarlo.
Pero cuando falleció la
madre de Robert, a la que estaba muy unido, él se entristeció mucho. Me volví
fuerte y llena de energía, dispuesta a apoyarle y darle ánimos para que
superara ese golpe que le había dado la vida. Y un día me acerqué a donde
estaba sentado y le di el manuscrito con los poemas que había compuesto sobre
él.
How do I love thee? Let me count the ways.
I love thee do the depth and breadth and height
My soul can reach, when feeling out of sight
Fort he ends of Being
and ideal Grace.
I love thee to the level of everiday’s
Most quiet need, by sun and candle-light.
I love thee freely, as men strive for Right;
I love thee purely, as they turn form Praise.
I love thee with the passion put to use
In my old griefs, and with my childhood’s faith.
I love thee witha
love I seemed to lose.
With my lost saints, -I love thee with the breath.
Smiles, tears, of all my life! – and, if God choose,
I shall but love thee better after death.
(¿De
qué modo te quiero? Déjame que lo cuente. / Te quiero con la hondura, con la
anchura y la altura / a que llega mi alma, cuando a tientas rastrea / la
infinitud del ser y la suprema gracia. / De igual modo te quiero que las tareas
diarias / con su ritmo tranquilo en el día y la noche. / Con libertad, lo mismo
que se ama a la Justicia; / en puridad, como alguien que huye de las lisonjas.
/ Te amo con la pasión que puse en otro tiempo / en mis penas pasadas; y con mi
fe de niña. / Te amo con el Amor que parecí perder / con mis santos; te quiero
con las risas, las lágrimas / y alientos de mi vida. Y si Dios lo quisiere / no
dejaré de amarte mejor después de muerta. )
Robert insistió en que
los publicásemos. Yo dudaba y no entendía por qué Robert quería publicar un
poemario tan íntimo. Finalmente decidimos llamar al poemario “Los sonetos de la dama portuguesa” (Sonnets from the Portuguese). Y así me
conocieron John y Yoko: en una de las incontables reediciones que llegó a sus
manos y se identificaron con nuestra historia. Fallecí en los brazos de mi
amado en junio de 1861 y él me enterró en el cementerio protestante de
Florencia.
Beloved, thou has brought me many flowers
Plucked in the garden, all the summer through
And Winter, and it seemed as if they grew
In this close room, nor missed, the sun and showers.
So, in the like name of that love of ours,
Take back these thoughts which here unfolded too.
And which on warm and cold days I withdrew
From my heart’s ground. Indeed, those beds and bowers
Be overgrown with bitter wees and rue.
And wait thy weeding; yet here’s eglantine.
Here’s ivy! –take them, as I used to do
Thy flowers, and leep them where they shall not pine.
Instruct thine eyes to keep their colours true,
And tell thy soul their roots are left in mine.
(Muchas
veces, Amado, me has regalado flores / de tu jardín, cortadas en invierno y
verano, / y parecían crecer en esta oscura sala / cual si no recordasen los
soles y las lluvias. / Así pues, en el nombre también de este amor nuestro, /
los pensamientos míos te ofrezco como un ramo / que fui espigando en días ya
cálidos, ya fríos, / de mi pecho en el huerto. Cierto que en mis arriates / hay
muchas malas hierbas y se extiende la ruda, / y debieras limpiarlos; pero
¡eglantinas tengo / y yedra! Acógelas, como hice con tus flores, / y manténlas
en sitio donde no se marchiten. / guarden tus ojos vivos sus colores, y tu alma
/ recuerde que en la mía su raíz permanece. )