Pero
unos días antes de la prueba, una noticia nos sacudió el alma. H+QNC miraba el
ordenador atónito, leyendo los comentario sin poder asimilar la noticia.
Cristina,
la Viuda Negra, decía:
“La
Breña…. Si desde hace años ya era un sitio especial para mí, desde hoy lo es
aún más. Después de varios meses sin pisarla, hoy todo cuadra para patearla.
Nada nos echaba atrás hoy, ni la calor, ni la playa al lado. Todo nos llevaba a
ella…. claro, no quería estar ella sola, no quería pasar el mal rato sin
alguien que la comprendiera…. Y es que la Breña hoy está de luto. Perdía a uno
de sus más queridos hijos, parte de su corazón, morador de sus entrañas….
Allá
donde estés, que sepas que la Breña nunca vlverá a ser la misma, que te
echaremos de menos y que siempre estarás en el corazón. No he conocido a nadie
tan valiente y luchador como tú. Cuídate y sigue pateando las sendas, dunas y
montañas del cielo.”
Y
Jose Manuel, Cai-man, por su parte, decía:
“Hoy
encontré un recuerdo.

Esa
persona llamada Ricardo o Richard o El León de La Breña…. nos ha dejado. Hoy
tuve la desgracia de despedir a un gran amigo, un hermano, el cual no deja un
vacío para nadie, sino que deja una montaña de compañerismo, solidaridad y
amistad… pero sobre todo de vitalidad.
Tus
subidas por el “Suribachi”: primera vez que te conocí. Tu entrada en meta de la
“Inferno Trail”: no dábamos crédito Regli y yo. Tus muestras de apoyo en las
carreras, con la máquina a cuestas para poder respirar…. impresionante.
Hoy,
por lo menos, los que te apreciamos no vemos tu muerte. Todo lo contrario…
Richard. He perdido a un hermano, pero he recuperado un recuerdo que nunca
olvidaré”.

Y con este tremendo bagaje sentimental nos plantamos
en Barbate dispuestos a patearnos las arenas breñeras. Ya es territorio
conocido porque es un lugar recurrente al que suelo/solemos volver. Las
estancias en el Palomar de La Breña son sinónimo de paz, tranquilidad y
reencuentro con uno mismo, amén de pateos constantes e incesantes por la
cantidad de buenos y bien señalizados senderos que hay en el Parque Natural.


Cuando nos encaminamos hacia el acantilado, nos
desviaron a la derecha por una subida angosta y tremendamente divertida. Ahí ya
se formó la línea de a uno y empezaron a formarse los grupos acorde a los
ritmos. Nosotros llevábamos de referencia al equipo susmurai que siempre iba
por delante y del que nunca perdimos el contacto visual, excepto un par de
kilómetros antes de meta.

Durante toda la marcha, H+QNC aguantó el ritmo. Sufría
algo con el suelo inestable, cuando los apoyos no se hacen en condiciones y vas
cargando más un pie que otro, pero aguantó. Empezar a bajar el acantilado y ver
Barbate esperándote toda iluminada era una motivación más para imprimir un
ritmo vivo a la marcha.
Llevábamos nuestro banderín del Proyecto 101
kilómetros contra el cáncer que nos dio Vanesa, la hermana de Dani. Y con él
entramos en meta junto con otro grupito de marchadores.
Sabíamos que los susmurais se iba a reunir tras la
prueba para homenajear a Ricardo, pero pensamos que era un acto entre hermanos
y además los pies de H+QNC podrían empezar a protestar. Eso unido a que nos
faltaba la carretera para volver al Palomar hizo que nos volviéramos para
descansar sin más hidratación que una jarrita en El Rajamanta como despedida de
Barbate.

Así que a descansar y a reponerse y a alegrarse de
que, al menos, ese día las molestias no le habían impedido a H+QNC hacer un
entreno bueno, un buen entreno que diría nuestro Pablo Wilson ;)
Pero no podría terminar esta crónica sin las
palabras del magnífico narrador de leyendas…. H+QNC, y aquí va una de sus
últimas leyendas por él narradas.
UNA LEYENDA SUS MURAIS (una más)

Ese día el honorable H+QNC, que junto al Shogun Iza, compartían entrenamientos con el aspirante a teakiyari Andrés, lucía con orgullo su nueva haori y Andrés quedó deslumbrado al verla.
Éste al ver lo bello del yelmo y los colores de su
patria, preguntó que había que hacer para portar tan bella tōsei gusoku.
Ante la pregunta, mi señor no pudo por menos que
hablarle de la batalla que libraron contra los elementos el año anterior, le
habló del noble Tigosa San, le habló del noble Buda, y fue relatándole uno a
uno, cuantos detalles adornaban el haori, sin olvidar el más importante el de
Andex, y como no, la frase que lucía con orgullo en la espalda: Orewa Yaru.
El nuevo aspirante a teakiyari no pudo aguardar más tiempo, y expresó su deseo de pedir tan noble prenda, a lo que mi maestro le respondió:
Así sea, si ese es tu deseo, pero recuerda que más
importante que ser un gran bushi, es que no olvidemos que nosotros hemos nacido
para ser saburai, y si algún día no demuestras el honor que te confiamos, o
faltas a la palabra dada, yo mismo seré tu kaishaku, cuando por vergüenza te
veas obligado a hacerte el seppuku.
Después de esto, se produjo un profundo silencio, pero estoy seguro que en esos momentos por la cabeza de mi maestro, pasaban imágenes de Cio-Cio-San, de Yonyuugo, La Veterana, y de tantos y tantos otros, mientras en silencio Andrés poco a poco, se iba dando cuenta de la enorme responsabilidad que había caído sobre sus hombros, y mientras su semblante me pareció serio, yo juraría que mi maestro lo miraba de reojo y sonreía.
Después de esto, se produjo un profundo silencio, pero estoy seguro que en esos momentos por la cabeza de mi maestro, pasaban imágenes de Cio-Cio-San, de Yonyuugo, La Veterana, y de tantos y tantos otros, mientras en silencio Andrés poco a poco, se iba dando cuenta de la enorme responsabilidad que había caído sobre sus hombros, y mientras su semblante me pareció serio, yo juraría que mi maestro lo miraba de reojo y sonreía.
“Susurran los sabios una antigua leyenda que dice que, cuando la luna llena acierta a brillar sobre los campos cubiertos de escarcha en el silencio invernal, se despierta el hada de la luna y baja con sigilo a bailar sobre las aguas más mágicas de la tierra. Busca sin cesar a los niños, confiando en poder arrebatarles el alma en un santiamén, llevándoselos consigo, en su largo viaje de regreso. Desde la lejanía oye el cascabeleo de las risas jubilosas y se abalanza como un trueno hacia su presa, revoloteando a la espera de encontrar nuevos amigos, pero el tiempo es cruel con ella y, antes de que llegue a la lejana costa, los niños se encuentran ya seguros y acostados en sus casas cuando el distante fulgor rojo del sol matinal horada las sombras de la noche, expulsando al hada de la luna, que retorna a su reino prometiendo regresar de nuevo.”
(Moonwater – Himekami)
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